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La desconocida importancia de los hongos

15 noviembre, 2022 | Somos Naturaleza,

 

Con el otoño aquí, seguro que has tenido la oportunidad de salir a pasear tranquilamente por el bosque. Y al cabo de un rato de andar quizá hayas encontrado, en un rincón sombrío, una pequeña joya dorada sobresaliendo entre el musgo: ¡un rebozuelo (Cantharellus sibarius)!

Esta escena no es la más común, ya que habitualmente es necesario realizar una búsqueda activa, pero ilustra un fenómeno que se extiende por las arboledas durante esta época: la presencia de todo tipo de setas, diferentes según el bosque donde nos encontramos. Y de ahí, si se saben identificar correctamente, sale la fantástica gastronomía que existe durante el otoño.

Dejando a un lado cómo se recogen (arrancar versus cortar) y que también se pueden encontrar en primavera (caso de las colmenillas, género Morchella), es importante saber que las setas son básicamente una estructura reproductiva del hongo que hay bajo los nuestros pies. Esta estructura que nos gusta es solamente la parte visible de un tipo de organismo que, por lo general, es muy incomprendido. Los hongos se asocian habitualmente a humedad, enfermedades, lesiones e intoxicaciones, pero se trata de una de las piezas clave presentes en cualquier ecosistema.

 

Recicladores, internet del bosque, capturadores de carbono

Su función es vital para el buen funcionamiento del ciclo de los nutrientes, ya que aprovechan la materia en descomposición del suelo y devuelven nutrientes que pueden ser aprovechados por las plantas, alimento de los herbívoros y estos, al mismo tiempo, de los carnívoros. Cuando estos tres niveles mueren, vuelven al sol donde alimentan a los hongos. Se cierra el círculo de los nutrientes, en un ejemplo clarísimo de economía circular natural. Como siempre, no hace falta mirar demasiado lejos para encontrar soluciones y mecanismos que funcionan para conseguir un mundo más sostenible.

Y no solamente son los recicladores de los ecosistemas terrestres (junto también con otros descomponedores como bacterias o invertebrados), sino que también ayudan a los árboles en la obtención de nutrientes combinando los micelios (estructuras de los hongos parecidos a raíces) con las propias raíces de las plantas, en un conjunto llamado micorriza. Se trata de una combinación simbiótica en la que ambos organismos salen beneficiados. Además, por muy sorprendente que parezca, los árboles usan los micelios para enviarse información unos a otros en una red llamada, en inglés, wood wide web.

Pero debemos saber que la función de los hongos va aún más lejos, ya que las amplias redes de micelios y su relación con las plantas les permiten capturar enormes cantidades de carbono. Más que los árboles. Si esto se potenciara, se podría llegar a compensar la misma cantidad de carbono que se emite hoy en día. Por este motivo, el mantenimiento de la biodiversidad de los soles y la comunidad fúngica es una acción necesaria para mitigar la crisis climática.

 

El cambio climático afecta también a los hongos

Ahora, como en todo organismo viviente en la Tierra, la crisis climática también afecta a los hongos. Un estudio reciente en Cataluña analiza el impacto que puede tener el cambio climático sobre la producción de setas. Teniendo en cuenta que el negocio de las setas en Cataluña se cifra entre 16 y 26 millones de euros al año, según datos de 2009, es necesario conocer cómo puede cambiar su producción para ver los efectos ecológicos y económicos.

El estudio, realizado solamente en pinares, muestra que las setas más afectadas son las que se sitúan en bosques subalpinos, mientras que las que crecen en zonas menos elevadas no se verían alteradas. Y es sobre todo el aumento de temperatura el factor que más afecta a las setas. Con los escenarios de mayor calentamiento, la reducción en la productividad podría llegar hasta el 50%. Sin embargo, no se descarta que el descenso en la precipitación pueda afectar también.

Además, las setas que sufrirían más los efectos de la crisis climática serían las micorrízicas, que son las que representan la mayor parte de la biomasa total de setas en los bosques catalanes. Lo que significa que algunas de las setas más apreciadas gastronómicamente, como el mencionado rebozuelo, el níscalo (Lactarius sanguifluus) o el pinar (Lactarius deliciosus), serían de las que más sufrirían las consecuencias.

 

Y al ser setas que hacen micorrizas con las plantas, principalmente con los pinos, esto afectaría también al crecimiento ya la obtención de nutrientes por parte de estos árboles. De modo que esta escasez podría añadirse a la falta de agua debido a las sequías e incrementaría su riesgo de mortalidad.

Conocer los efectos de la crisis climática en los hongos es necesario para definir estrategias adecuadas de gestión de los bosques y los ecosistemas terrestres con el objetivo de mitigar esta problemática y mantener los servicios ecosistémicos que ofrecen los hongos.

Así que la próxima vez que pasees por un bosque y veas una seta, aparte de pensar en el revuelto que harás para cenar, piensa que debajo hay toda una gran red que ayuda al buen funcionamiento del hábitat y que captura una gran cantidad de carbono. Un ejemplo clarísimo de cómo dependemos de la naturaleza y de la necesidad de conservarla para nuestra supervivencia.

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¿Cómo se puede vivir con escasez de agua?

Hace un par de meses hablamos de cómo Doñana se había secado casi por completo por culpa de la sobreexplotación de los acuíferos y de la intensa sequía que está viviendo todo el país. Una sequía intensificada por los efectos de la crisis climática.

La falta de agua es uno de los principales limitadores a la hora de sobrevivir, por no decir el principal. Sin agua es casi imposible vivir. Si no solo hay que ver el ingente número de elefantes, cebras, jirafas y otros animales que han muerto por la sequía que afecta a Kenia. Una sequía que también está teniendo graves efectos para la población local, puesto que más de 4 millones de personas se encuentran en situación de inseguridad alimentaria.

Si nos fijamos en los diferentes ecosistemas que existen en el planeta, aquellos que tienen una menor cantidad de agua, es decir, los desiertos, son los que tienen menor biodiversidad. Y, debido a la crisis climática, desiertos como el del Sáhara se están expandiendo, poniendo en riesgo a muchas especies que ven cómo la cantidad de agua disponible disminuye, con el consiguiente impacto en las personas.

Hace un tiempo ya hablamos de proyectos para evitar este fenómeno y en la COP 27, que se ha llevado a cabo durante este noviembre en Sharm el Sheij, Egipto, también se ha puesto sobre la mesa la problemática de la falta de agua con una mesa redonda para asegurar el acceso de este recurso y varias reuniones para buscar soluciones a otros efectos negativos vinculados con el agua.

Sin embargo, en muchas ocasiones solamente hace falta mirar la naturaleza para encontrar la solución a muchos de los problemas que nos afectan. Hay muchas especies adaptadas a la escasez de agua y la sequía, por no decir las que viven directamente en desiertos. Y no hace falta ir muy lejos para encontrarlas: el propio clima mediterráneo está lleno de especies que están adaptadas a la poca cantidad de agua.

Evitar la pérdida de agua

Las plantas, por su vida inmóvil, son las que más pueden sufrir los procesos de sequía y por eso han desarrollado diversos mecanismos para evitar la pérdida de agua y potenciar su acumulación cuando llueve. La mayoría de estas adaptaciones se muestran en las hojas, ya que son las estructuras que tienen una mayor superficie, lo que las hace propensas a la deshidratación.

La esclerófila, observada en plantas como la encina (Quercus ilex) o el boj (Buxus sp), es el endurecimiento del tejido que forma la hoja, por lo que no se rompe cuando los estomas (las estructuras que permiten la entrada y salida de gases y agua a la hoja) se abren y se cierran, controlando mejor la transpiración.

Para evitar la pérdida de agua también existen plantas que tienen hojas con una superficie menor para reducir el área en contacto con el exterior, como los pinos, o que incluso las han convertido en espinas, como la aulaga (Genista scorpius). Otros lo que hacen es mantener las hojas todo el año: son perennes. De hecho, todas las plantas mencionadas hasta ahora pertenecen a ese grupo.

Otras plantas modifican su morfología para acumular agua en su interior, como los cactus o los baobabs. En la región mediterránea podemos encontrar varias plantas que usan esta estrategia, como la chumbera (Opuntia ficus-indica) o el agave (Agave americana), aunque se trata de especies exóticas y ya estaban adaptadas a este fenómeno en su sitio de origen.

También hay plantas que muestran adaptaciones a nivel fisiológico, regulando la producción de hormonas u otros compuestos para modificar procesos relacionados con la fotosíntesis. Es lo que se ha visto con diferentes plantas de cebada provenientes de clima mediterráneo y de clima desértico. Las de clima desértico reducen su actividad cuando existe una menor disponibilidad de agua.

Conseguir agua de dónde no hay

Los animales, por su parte, tienen la ventaja de la movilidad. Muchas especies migran a zonas con condiciones más favorables. ¿Quién no ha visto en los documentales rebaños de elefantes, antílopes, cebras, ñus y otros mamíferos africanos que se desplazan miles de kilómetros buscando zonas con agua?

Pero los animales que no tienen una gran capacidad de desplazamiento poseen adaptaciones que les permiten sobrevivir en entornos desfavorables. Algunas especies pueden sobrevivir largos períodos de sequía en forma de huevo, como un pequeño invertebrado que encontramos en Cataluña llamado tortugueta (Triops cancriformis): cuando vuelve a llover, nacen los individuos y completan su ciclo vital. Si deja de llover, los huevos permanecerán en el sustrato hasta que vuelva a haber precipitación.

Otros aprovechan la humedad ambiental para obtener agua. Esto es típico de animales de zonas desérticas cuando, al amanecer, la escasa humedad precipita y se forman gotas sobre su cuerpo, tal y como hace el escarabajo del género Onymacris, que habita el desierto del Namib. Cuando el agua se condensa en su cuerpo, dirige las gotas hasta la boca para poder beber. Algo parecido hace el diablo espinoso o moloch (Moloch horridus), un reptil australiano, que al entrar en contacto con el agua (sea una balsa o una gota que cae de una planta), su piel conduce el líquido hacia la boca.

Otra adaptación es la que muestra la rata canguro (Dipodomys sp), que vive en los desiertos de Estados Unidos: no bebe agua en toda la vida, sino que lo absorbe de su alimento. Y no podemos olvidar la capacidad de almacenar agua que tienen los camellos, capaces de pasar días sin beber, aprovechando todo el líquido que habían ingerido previamente.

Con la excepción de la tortugueta, ninguno de estos animales vive en hábitats mediterráneos y tampoco los tenemos con unas adaptaciones tan extremas. Esto hace pensar que si los períodos de sequía se incrementan y los ecosistemas que conocemos también se acaban modificando, muchas especies que tenemos ahora mismo podrían extinguirse.

Quizás algunas especies desérticas ampliarán su distribución y será habitual verlas en zonas mediterráneas, entre las plantas autóctonas que puedan sobrevivir a las condiciones futuras. En el caso de las plantas, conocer sus adaptaciones puede ser muy útil a la hora de desarrollar cultivos más resistentes a la sequía y minimizar los impactos en la alimentación para las personas.

La crisis climática supone una amenaza para muchos animales y plantas y el incremento previsto de las sequías es un aviso para todos aquellos organismos que no presentan adaptaciones frente a este fenómeno: son los que notarán más los efectos de la escasez de agua. Nuestros bosques sufrirán cada vez más y, por este motivo, es necesaria una gestión adecuada de estos entornos que favorezca su adaptación a las nuevas condiciones.

Sin embargo, la principal acción que debemos llevar a cabo es reducir las emisiones y proteger los espacios naturales para encontrar una solución a la situación actual y evitar la pérdida de gran parte de la biodiversidad.

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La biodiversidad, una responsabilidad compartida

2 abril, 2022 | Somos Naturaleza,

Hace tiempo que se ha puesto en evidencia que uno de los principales retos de la humanidad en el siglo XXI es la degradación de los hábitats y ecosistemas, y la pérdida de biodiversidad. Se trata de retos con una doble vertiente: por un lado, debe preocuparnos porque compartimos el planeta Tierra con otros seres vivos y tenemos el deber de convivir con él en equilibrio y legarlo en buenas condiciones a las generaciones futuras; y, por otra parte, porque tenemos una dependencia muy grande de la naturaleza, y la pérdida de biodiversidad acaba repercutiendo negativamente en nosotros mismos.

En este sentido, la agenda 2030, a través de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, recoge la necesidad de proteger la vida submarina y la vida terrestre (ODS 14 y 15, respectivamente). Como ocurre en la mayoría de ODS, el hecho de que se puedan alcanzar (o no) depende de la implicación de todos, cada uno desde su ámbito. Se actúe desde donde se actúe, la contribución puede ir desde trabajar para proteger lo que todavía tenemos (intentando evitar nuevas pérdidas), hasta la recuperación de lo perdido, pasando por el estudio, la divulgación y la educación, que son también aspectos imprescindibles porque acaban retroalimentando la protección y la recuperación.

A menudo, se tiende a “adjudicar” a gobiernos y administraciones la casi total responsabilidad en la protección de la biodiversidad. Y es cierto que desempeñan un papel primordial porque pueden condicionar el grado de protección de la naturaleza a través de legislación, planificación, educación, actuación (inversiones) y control para evitar malas prácticas. Pero esto no excluye que desde otros sectores también sea necesario e imprescindible comprometerse con ellos.

 

Los sectores económicos, por ejemplo, son espoleados -a través del Convenio de Naciones Unidas sobre la Diversidad Biológica, y otros acuerdos internacionales- a realizar acciones para la conservación de la biodiversidad, su uso sostenible y la distribución justa y equitativa de los beneficios de los recursos genéticos. Y esto pueden hacerlo de diversas formas, en función del sector al que pertenezca cada empresa o institución.

En ocasiones puede parecer que si una empresa es del ámbito industrial, poca relación tiene con la biodiversidad, pero nada más lejos de la realidad. Para que una industria pueda trabajar necesita unas materias primas que, por lo general, o bien se extraen de la naturaleza o bien se producen en explotaciones agrarias que inciden directamente en el medio ambiente. También las empresas de servicios en un momento u otro de su ciclo de actividad terminan teniendo alguna relación con el medio natural y la biodiversidad, aunque a menudo no lo parezca.

Por eso, teniendo en cuenta esta dependencia, lo inteligente es incorporar la pérdida de biodiversidad en la lista de riesgos a tener en cuenta a la hora de tomar decisiones.

Cualquier actividad económica tiene en sus manos decidir si impacta en positivo o negativo sobre la vida terrestre o la vida marina. En caso de que sea del sector primario, puede llevar a cabo la actividad minimizando su impacto negativo directo; y si es del sector industrial o de servicios, puede poner condiciones en su cadena de abastecimiento, y elegir aquellas empresas que sean respetuosas con el entorno y la biodiversidad. Unos y otros también pueden contribuir fomentando las buenas prácticas (por ejemplo, a través de sensibilización, formación, o incluso incentivos).

De lo que se trata, pues, es que cada empresa se pare a analizar dónde se producen los impactos sobre la biodiversidad fruto de su actividad; los cuantifique y los interprete; y los incorpore en la toma de decisiones, con el objetivo de llegar a desarrollar la actividad económica sin pérdida neta de biodiversidad o, incluso, con impacto neto positivo (no net loss o positive net impact, respectivamente).

 

Si nos fijamos -a modo de ejemplo- en el caso concreto de la industria agroalimentaria, es evidente que su impacto sobre la biodiversidad depende de cuál sea el impacto de sus empresas proveedoras (sector agrario), que pueden afectar significativamente sobre los hábitats y sobre la fauna y la vegetación. El caso probablemente más conocido es el de la producción de aceite de palma, que comporta talas de miles de hectáreas de bosque, agravando la situación de especies animales en peligro de extinción. Pero no es el único; encontraríamos muchos otros ejemplos, aunque no fueran de tal magnitud.

Las causas de los impactos del sector agrario pueden ser muy variadas. Desde la eliminación de los ecosistemas naturales para incrementar superficie de cultivo; hasta la contaminación y/o agotamiento de las aguas superficiales (ríos, lagos, riegos y balsas); o el uso de plaguicidas y herbicidas que repercuten en la pérdida de biodiversidad (con el riesgo de acabar perjudicando al mismo sector, como es el caso de la disminución de insectos polinizadores afectando a la producción); sin dejar de lado los impactos a menor escala, pero también significativos (como, destrucción de corredores biológicos o de hábitats muy específicos), que cuando se convierten en habituales pueden acabar comportando la desaparición de determinadas especies de aves, anfibios y /o reptiles de una región. Por el contrario, también existen ejemplos contrastados de buenas prácticas en los sectores agrícola y ganadero, a favor de la biodiversidad y de la protección de los hábitats cercanos, que pueden servir como referentes para replicarlos en otros lugares

 

Por último, más allá de los sectores económicos y las administraciones, también las personas, a título individual, podemos contribuir a la causa de proteger la vida en la Tierra. En tanto que consumidores, podemos escoger aquellos productos que en todo su ciclo de vida tengan un menor impacto y, en especial, evitar aquellos que ya se haya demostrado que son auténticos generadores de pérdida de biodiversidad. Por suerte, cada vez disponemos de más información, y existen sellos o certificados que nos ayudan en esta elección.

En paralelo, la ciudadanía también puede colaborar con entidades sin ánimo de lucro que tengan el foco puesto en la naturaleza, y que lleven a cabo proyectos de conservación, divulgación y/o estudio. Cada vez son más frecuentes proyectos de ciencia ciudadana que permiten disponer de datos sobre presencia (o no) de determinadas especies de animales y plantas, o sobre la fenología (relacionada con migraciones, impacto de la climatología, etc.), entre otros otros.

Gracias a miles de personas voluntarias, se puede disponer de ingente información que -una vez analizada por la comunidad científica- pone en evidencia el impacto de la actividad humana sobre los ecosistemas naturales y la biodiversidad (ya sea por actuaciones directas sobre el medio o como causantes de la emergencia climática) y nos puede dar pistas sobre cómo mejorar la situación. Asimismo, se incrementa el nivel de sensibilización y compromiso de las personas participantes.

Como dice Jane Goodall, “When nature suffers, we suffer”. Por tanto, si queremos ahorrarnos sufrimientos causados ​​por nuestro maltrato en la naturaleza (de la que formamos parte), cada uno desde su ámbito puede intentar contribuir a reequilibrar la relación entre los humanos y el medio. ¡Es una responsabilidad compartida!

La necesidad de una normativa actualizada sobre residuos

6 octubre, 2021 | Reflexiones,

La contaminación provocada por los residuos que generamos es una problemática grave que tiene un impacto ecológico grande. Afecta a los acuíferos, a la atmósfera, a los océanos y a un gran número de especies. Y, en consecuencia, también nos afecta a los humanos.

La gran mayoría de nosotros ha visto las típicas imágenes de animales marinos con plásticos enredados en alguna parte del cuerpo o dentro del estómago. También hemos vistos vastas extensiones de agua con residuos flotando en la superficie. El alcance de los materiales tirados que usamos diariamente es tan gran que recientemente se han encontrado plásticos, envases y restos de ropa en la tercera fosa oceánica más profunda del planeta, a unos 1.000 metros de profundidad.

En tierra firme los impactos tampoco son desdeñables. La acumulación y degradación de los materiales en los vertederos obliga a tomar medidas para no dañar los entornos. Esto implica la necesidad de impermeabilizar el suelo bajo el vertedero para evitar que los líquidos resultantes de la descomposición de los residuos, los lixiviados, lleguen a contaminar las masas de agua cercanas a través de los acuíferos. Y no siempre se consigue.

Además, hay que tener en cuenta la emisión de gases de efecto invernadero. Según el documento “Càlcul de les emissions de GE derivades de la gestió dels residus municipals. Metodologia per a organitzacions”, de febrero de 2020 y elaborado por la Oficina Catalana del Cambio Climático y el Departamento de Territorio y Sostenibilidad de la Generalitat de Catalunya, las emisiones derivadas del almacenaje de residuos en los vertederos correspondo al 77% de las emisiones generadas en la gestión de residuos. En general, este sector es responsable de un 6%, aproximadamente, de todas las emisiones en Cataluña.

Propuesta de ley de residuos para fomentar la economía circular

El pasado mes de mayo, el Gobierno español remitió el proyecto de Ley de Residuos y Suelos Contaminados para impulsar una economía circular y baja en carbono. Sin fecha aún para su aprobación, esta nueva ley quiere alinearse con las nuevas orientaciones y los nuevos objetivos en materia de residuos definidos por la Unión Europea, como el aumento de la tasa de reciclaje hasta un 65% de cada a 2035.

Uno de los principales objetivos de la propuesta de Ley y de la Unión Europea es el fomento de la economía circular. Actualmente la cantidad recursos necesario para producir los materiales que usamos habitualmente es muy grande y una forma de medir este fenómeno es el Día Mundial de la Sobrecapacidad de la Tierra: el día en que consumimos todos los recursos naturales que el planeta es capaz de regenerar en un año.

Desde 1970 esta fecha se ha ido adelantando: a nivel global, en 1997 se dio a finales de septiembre, mientras que en 2019 fue el 29 de julio. Para este 2021, teniendo en cuenta el efecto de la pandemia por la Covid-19, también ha sido el 29 de julio, a nivel global. Pero si nos fijamos en el caso de España, los cálculos de este 2021 indican que el Día de la Sobrecapacidad fue el 25 de mayo. Es decir, ya estamos usando los recursos naturales del año que viene desde hace cuatro meses. Esto implica que estamos usando 2,5 planetas Tierra para cubrir nuestras necesidades durante 2021. Solo en España.

Y las previsiones globales indican que, de cara a 2025, necesitaremos en todo el mundo tres planetas para mantener el ritmo de producción y consumo. Obviamente se trata de un ritmo insostenible para la Tierra y para nosotros: los recursos son finitos y el impacto del cambio climático aún puede limitar más el acceso a los recursos.

Fomento del uso sostenible de los recursos

Dejando de lado la economía circular, la nueva ley de residuos también quiere restringir los plásticos de un solo uso, fomentar la prevención en la generación de residuos, aumentar la tasa de recogida selectiva y reciclaje, incentivar el consumo de agua no envasada en la hostelería y la restauración, implementar instrumentos económicos e incentivos, aplicar la responsabilidad ampliada del productor y mantener la regulación de los suelos contaminados.

El uso sostenible de los recursos y la prevención en la generación de residuos son dos formas muy importantes para conseguir convertirnos en sociedades sostenibles con nuestro entorno. Si no cambiamos la relación que tenemos con el planeta y la forma de elaborar los materiales necesarios para vivir, los impactos que generamos se irán agravando y tendrán consecuencias nefastas. Y estas nos afectarán tanto a nosotros como al resto de especies existentes en la Tierra.

Entre todas las personas podemos conseguir cambiar los hábitos que tenemos y asegurar un futuro mejor. Un futuro que sea sostenible a todos los niveles y que permita una convivencia correcta con el entorno que nos rodea y del que dependemos.