Contenidos
- Cómo está cambiando el sector financiero
- El problema de las provisiones
- Lo que no aparece en las cuentas
- La paradoja geopolítica
- El BCE como contrapeso
- Qué deben hacer las organizaciones
- Una ventana que se cierra
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Durante años, el riesgo climático se ha tratado en los informes corporativos con una ambigüedad funcional. Lo justo para cumplir con las expectativas de inversores y reguladores, pero sin concretar lo suficiente como para obligar a tomar decisiones costosas. Ese margen se ha agotado.
La combinación de fenómenos climáticos extremos cada vez más frecuentes, una presión regulatoria creciente y una nueva generación de herramientas de modelización está empujando a bancos y entidades financieras hacia una realidad que muchas organizaciones de sus carteras aún no han interiorizado del todo: el clima ya tiene precio, y ese precio se refleja en los estados financieros.
Por eso, la pregunta relevante para los equipos de riesgo ya no es si el cambio climático puede afectar a sus carteras. La cuestión es cuánto de ese impacto ya se está produciendo de forma silenciosa, sin aparecer en ninguna provisión ni en ningún ratio de capital.
Cómo está cambiando el sector financiero
El sector financiero lleva más de una década desarrollando marcos conceptuales para abordar el riesgo climático. El verdadero giro, sin embargo, se está produciendo ahora en el terreno operativo y supervisor.
El Banco Central Europeo ha sido uno de los actores más activos en este proceso. En noviembre de 2022 comenzó a aplicar requerimientos adicionales de capital a los bancos que no gestionasen adecuadamente los riesgos climáticos y medioambientales, con un calendario progresivo para integrar estas exposiciones en los procesos ICAAP antes de finales de 2024. En 2025 dio un paso más al introducir un “factor climático” en su marco de colateral: los bonos corporativos de emisores con mayor exposición a riesgos climáticos pasan a tener una valoración inferior y, por tanto, resultan más caros como garantía. Es la primera vez que un banco central incorpora el riesgo climático de forma tan directa en sus herramientas monetarias.
Los ejercicios de estrés climático permiten dimensionar mejor el problema. El ejercicio conjunto Fit-for-55 realizado en 2024 por el BCE, la EBA, EIOPA y ESMA analizó el impacto sobre bancos, aseguradoras, fondos de pensiones y fondos de inversión. Las conclusiones fueron claras. Los riesgos de transición, por sí solos, difícilmente amenazan la estabilidad financiera del sistema. El problema aparece cuando se combinan con shocks macroeconómicos adversos. En ese escenario, las pérdidas potenciales para la banca europea podrían superar los 630.000 millones de euros, cerca de un 90% más que en un escenario macroeconómico base.
El vicepresidente del BCE, Luis de Guindos, lo resumió con bastante precisión: el sistema no está en riesgo bajo los escenarios analizados, pero las pérdidas del escenario más severo dejan poco margen para la complacencia y refuerzan la necesidad de una gestión proactiva.
Los propios cálculos del BCE estiman que, ante un evento climático físico severo como inundaciones extremas, los bancos europeos podrían necesitar reservar capital adicional equivalente a casi un punto porcentual de sus activos. En términos prácticos: menos dinero disponible para prestar y más presión sobre su rentabilidad. El riesgo climático ya afecta a cuánto capital tiene que guardar un banco hoy, no en el futuro.
La señal más clara de que esto va en serio llegó cuando el BCE multó a Crédit Agricole con 7,55 millones de euros por no haber evaluado a tiempo sus riesgos climáticos. No por gestionarlos mal, sino simplemente por no haberlos analizado dentro del plazo. El incumplimiento ya tiene precio, y los reguladores están dispuestos a cobrarlo.
El problema de las provisiones: un silencio que inquieta
La brecha entre la narrativa y la realidad se hace especialmente visible en el tratamiento del riesgo climático dentro de las pérdidas esperadas de crédito. Un análisis de los informes anuales de 2024 de grandes bancos europeos y del Reino Unido identificó un patrón preocupante. Aunque la mayoría de las entidades afirma considerar los riesgos físicos y de transición en sus evaluaciones de deterioro crediticio, casi todas concluyen que estos riesgos no tienen un impacto material en sus provisiones.
Un ejemplo que ilustra bien la contradicción: HSBC declaró al cierre de 2024 que los riesgos climáticos no tenían impacto relevante sobre sus cuentas a corto y medio plazo. Esto, mientras el BCE publicaba datos que apuntan a pérdidas potenciales de cientos de miles de millones de euros para la banca europea en escenarios adversos. La distancia entre lo que reconocen los bancos en sus informes y lo que muestran los reguladores es exactamente donde se acumula el riesgo que nadie está contabilizando.
Esta prudencia contable puede tener explicaciones razonables: incertidumbre en los modelos, datos incompletos, horizontes temporales difíciles de encajar en normas como IFRS 9*, pensadas para plazos más cortos. Pero también plantea una pregunta incómoda. ¿Se está subestimando el impacto porque los modelos aún no están maduros, o porque reconocerlo explícitamente tendría efectos inmediatos sobre el capital regulatorio?
*IFRS 9: Norma contable internacional que regula cómo las entidades financieras deben calcular y provisionar sus pérdidas esperadas por riesgo de crédito.
Lo que no aparece en las cuentas de muchas organizaciones
El riesgo no se limita a los balances bancarios. El verdadero foco sistémico está en las empresas que forman parte de sus carteras de crédito e inversión y que aún no han incorporado el riesgo climático en su planificación estratégica ni en sus propios balances. Los canales de transmisión son diversos y, en muchos casos, ya están operando.
- El riesgo físico directo: Los incendios de Los Ángeles en 2025 provocaron pérdidas estimadas entre 76.000 y 131.000 millones de dólares en daños a la propiedad y al capital. La Dana en Valencia ha tenido un coste estimado que asciende a unos 4.044 millones de euros. Estos eventos no son excepcionales. La frecuencia e intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos ha aumentado de forma documentada, y el daño financiero asociado se ha más que duplicado en las últimas dos décadas. Las empresas con activos físicos en zonas expuestas que no han actualizado sus modelos de valoración de colateral o de continuidad operativa están asumiendo riesgos que no aparecen en ningún epígrafe de sus cuentas anuales.
- El riesgo de transición: La reorientación de la política energética, los mercados de carbono, los estándares de eficiencia y los cambios en las preferencias de consumidores e inversores generan riesgo de activos varados en sectores intensivos en carbono. Un estudio sobre 1.057 bancos cotizados entre 2007 y 2020 concluyó que el riesgo climático eleva el riesgo sistémico bancario al afectar tanto a la probabilidad de impago de los prestatarios como al valor de mercado de los activos.
- Riesgo de repricing: La investigación publicada en el Journal of Finance en 2025 muestra que el riesgo climático y los desastres naturales ya están encareciendo el coste del crédito bancario en las zonas más expuestas. El mercado empieza a poner precio a los riesgos físicos incluso cuando los modelos internos de las entidades todavía no los reflejan de forma explícita en sus provisiones.
- El riesgo de mercado y reputacional: Un estudio de eventos sobre las 85 mayores entidades bancarias europeas durante el estrés climático del BCE de 2022 evidenció reacciones negativas de los inversores tanto al anuncio del ejercicio como a la publicación de resultados. Los bancos con mayor exposición al riesgo físico registraron retornos anormales acumulados negativos de entre el 4,5% y el 6,5%, sin que hubiera cambios inmediatos en el capital regulatorio. El mercado estaba anticipando el coste del riesgo antes de que lo exigieran los supervisores.
La paradoja geopolítica: el riesgo crece mientras la política retrocede
Justo cuando el sistema financiero empieza a internalizar estos riesgos con mayor rigor, el marco político global que debería facilitar una transición ordenada atraviesa una fragmentación inédita.
El 20 de enero de 2025, la administración Trump formalizó la retirada de Estados Unidos del Acuerdo de París por segunda vez. Revocó el Plan de Financiación Climática Internacional y eliminó la obligación de que los reguladores financieros evaluasen los riesgos climáticos para el sistema financiero. La Reserva Federal, la FDIC y la OCC abandonaron simultáneamente la red NGFS (Network for Greening the Financial System), alegando un cambio de prioridades y la incompatibilidad con sus mandatos prudenciales. En octubre de 2025, la FDIC rescindió formalmente los principios para la gestión del riesgo financiero relacionado con el clima en grandes instituciones financieras, publicados apenas dos años antes.
La paradoja es notable: el país que históricamente lideró la arquitectura financiera global se retira del espacio donde se están diseñando las herramientas de gestión de uno de sus riesgos sistémicos emergentes más relevantes.
El riesgo de contagio político existe. Algunos estudios académicos publicados en 2025 muestran que la retirada de una economía avanzada como la estadounidense puede aumentar los costes marginales globales de descarbonización y generar incentivos al free riding*. Aun así, a dia de hoy, abril de 2026, no se observa un efecto dominó. Ningún otro país ha abandonado el Acuerdo de París. La UE, el Reino Unido, Japón, China y los principales bancos centrales mantienen sus compromisos, aunque la ausencia del regulador estadounidense introduce asimetrías metodológicas y dificulta la comparabilidad de los ejercicios de estrés climático.
Para los equipos de riesgo y finanzas, lo relevante es entender que la retirada política no elimina ni el riesgo físico ni el de transición. Reduce la coordinación para gestionarlos, lo que a largo plazo aumenta la probabilidad de ajustes más abruptos y costosos. Precisamente los escenarios de transición desordenada son los que generan mayores pérdidas.
*Término económico que describe la tendencia de algunos actores a beneficiarse de los esfuerzos y costes asumidos por otros sin contribuir a ellos.
El BCE como contrapeso: la UE avanza donde otros retroceden
Mientras la supervisión financiera estadounidense se repliega, el BCE ha completado su plan climático 2024-2025 avanzando en todas las líneas previstas. En enero de 2026 anunció la integración de los riesgos climáticos y de naturaleza en sus marcos de política monetaria, la incorporación del ETS2 en sus proyecciones macroeconómicas y una reducción del 39% de las emisiones de sus propias operaciones respecto a 2019.
El siguiente frente ya está identificado. El BCE ha señalado la degradación de ecosistemas y la escasez de agua como la próxima frontera del riesgo financiero. En paralelo, la EBA consulta con el sector la metodología de referencia para la gestión de riesgos ESG bajo CRR3, con horizontes de corto, medio y largo plazo. Para las organizaciones que operan o se financian en el entorno europeo, la dirección es clara. El riesgo climático será un factor de capital, de precios y de acceso a financiación.
Qué deberían estar haciendo las organizaciones que aún no lo hacen
La materialización financiera del riesgo climático no está esperando a que los marcos regulatorios estén completamente cerrados. Ya se manifiesta en primas de seguros que se encarecen o desaparecen en zonas expuestas, en activos cuyo colateral pierde valor por su perfil de emisiones, o en contrapartes que ajustan condiciones de financiación en función del riesgo físico de la cartera.
Las organizaciones que aún no han incorporado este riesgo en su planificación estratégica operan con una visión incompleta de su exposición real. En la práctica, esto implica al menos cuatro líneas de trabajo.
La primera es una identificación sistemática de las exposiciones, tanto al riesgo físico, activos en zonas de inundación, sequía, calor extremo o costa, como al riesgo de transición, intensidad de carbono de los sectores financiados, dependencia regulatoria o posición competitiva en escenarios de precios de carbono crecientes. Marcos como el del World Economic Forum ofrecen una base estructurada para este ejercicio.
La segunda es integrar escenarios climáticos en los modelos de planificación financiera. El NGFS y el BCE ponen a disposición escenarios públicos y consistentes. No utilizarlos como inputs en las proyecciones de negocio resulta cada vez más difícil de justificar ante un consejo de administración o un supervisor.
La tercera pasa por revisar la suficiencia de las provisiones contables bajo IFRS 9 o normas equivalentes a la luz de las exposiciones identificadas, especialmente en carteras inmobiliarias, agrícolas y de infraestructuras situadas en zonas de alto riesgo físico.
La cuarta es desarrollar o actualizar planes de adaptación que vayan más allá de la RSC. Planes operativos que conecten escenarios de riesgo con decisiones concretas de inversión, desinversión, cobertura y financiación.
Una ventana que empieza a cerrarse
El momento actual se define por una tensión clara. Los riesgos climáticos con impacto financiero crecen en intensidad y frecuencia. Los supervisores europeos y buena parte del sistema financiero global los integran con mayor rigor. Y, sin embargo, muchas organizaciones no financieras siguen tratándolos como un riesgo lejano, gestionable con divulgaciones cualitativas.
El coste de esa inercia ya no es solo reputacional. Es un coste de capital, de acceso a financiación y, en última instancia, de valor de los activos. Las organizaciones que logren anticiparse e integrar el riesgo climático con la misma disciplina con la que gestionan el riesgo de crédito o de tipo de interés estarán mejor posicionadas en un entorno financiero que, con o sin consenso político global, ya ha asumido que el clima tiene precio.
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